Editorial
LA CRISIS DE LAS ENERGÍAS
Los presos políticos mapuche se están quedando sin energía, con más de 80 días en huelga de hambre para reclamar que no se les aplique la ley antiterrorista, igual se les aplica. La Corte Suprema falla y los poderes mediáticos inmediatamente se desatan gritando que las demandas de los presos han sido escuchadas. Otra vez la mentira pueril, que dicha tantas veces parece convertirse en verdad.
La energía nuclear está de moda, estaba de moda antes pero con el accidente de marzo en Japón se puso más de moda y se radicalizó la discusión: los que saben dicen que sólo un ignorante podría oponerse a la energía nuclear; los que no sabemos pero tenemos memoria, nos acordamos de Chernobyl y ahora de Fukushima. Una central nuclear bien construida y bien mantenida no debería presentar riesgos para la población, esto en un mundo sin coimas y sin estudios de impacto ambiental comprados sería posible. No es tan claro qué se hace con desechos radiactivos que seguirán siéndolo por 30, 50 o 500 años, pero eso no es problema de este gobierno ni del próximo; el objetivo siempre es ganar la próxima elección, nunca el país que legaremos a las futuras generaciones, a nadie le importan los hijos de nuestros nietos.
Es cierto que la era de la energía barata terminó, cada vez cuesta más obtener un barril de petróleo, está cerca el momento en que producir un barril de petróleo requerirá más energía que la que produce ese mismo barril, es decir, saldremos a pérdida...
¿Saldremos? No, en realidad nosotros venimos saliendo a pérdida desde hace rato, porque los costos sociales y ambientales de la generación de energía no los pagan los que consumen esa energía. El petróleo de Asia Menor se quema en Estados Unidos y Europa, los residuos nucleares de las centrales francesas se esconden en algún lugar de América del Sur, para seguir llevándose a Inglaterra y Estados Unidos el cobre se talarán e inundarán bosques del sur de Chile.
Porque para eso quieren las centrales de Hidroaysén: para poder aumentar la extracción de cobre se necesita más energía, pues para el sistema económico imperante no es válido mantener las utilidades, éstas siempre deben crecer. No importa que el resultado sea un país lleno de hoyos: hoyos donde antes había cobre, hoyos donde antes había río, hoyos donde antes había árboles, pero por sobre todo gandes hoyos en la sociedad, donde enormes distancias separan a los hermanos que trabajan en ciudades diferentes para sobrevivir, grandes distancias separan al jornalero de la construcción del ingeniero en minas, infranqueables hoyos separan a la clase política de la vida de verdad, ésa del pan a luca en el negocio de la esquina.
Por eso que antes de preguntarnos si queremos o no centrales nucleares, si nos gustan las termoeléctricas o si estamos dispuestos a sacrificar algunos bosques para tener energía "limpia" (como si inundar la patagonia no fuera una tremenda cochinada), antes de todas esas preguntas, para nosotros hay una pregunta más elemental que responder: ¿de verdad necesitamos producir más energía para vivir mejor? ¿No nos estarán pasando gato por liebre con esto de que tenemos que duplicar o triplicar la cantidad de energía?
Todavía no tenemos la respuesta, pero la estamos buscando. Les estamos preguntando a los que dicen que sí y a los que dicen que no, estamos estudiando cómo ha crecido el bienestar de las personas a medida que aumenta el consumo de energía. Porque la única energía que creemos debiera crecer siempre es la energía social que se manifiesta en el magallanazo, en los comités de damnificados, en los frentes de defensa de la salud y de la educación públicas. Esa energía social que no es otra cosa que entender que nos va a ir mejor cuando tomemos las riendas de nuestro destino, cuando no aceptemos que otros decidan por nosotros en temas tan esenciales como el país que les dejaremos a nuestros hijos.
Para allá vamos, en eso estamos.
Comité Ejecutivo
Centro de Estudios MDP2.0
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