A 40 AÑOS DEL TRIUNFO DE LA UNIDAD POPULAR
A veces es bueno hacer un alto en el camino y mirar lo andado. A veces, también, vale la pena pensar en el futuro, sobre todo si somos capaces de aprender de la experiencia pasada para no cometer los mismos errores, para mejorar la experiencia y superar resultados anteriores.
Este año 2010 está resultando muy pesado de llevar, lo inauguramos dándole una victoria electoral a los sectores de derecha más vinculados al gran empresariado y a las transnacionales, sincerando estos 20 años de democracia conquistada con la lucha social, pero a la larga administrada, usada y abusada por políticos co-optados por los poderes económicos; antes de terminar el verano un terremoto y maremoto nos demostró lo frágiles que somos ante los sacudones (esta vez bastante textuales) de la naturaleza; hace unas semanas se volvió a sacudir un pedazo de tierra, esta vez muy localizado, sólo lo suficiente para dejar atrapados a 33 mineros a 800 metros bajo tierra; hace ya 50 días que 32 hermanos mapuche iniciaron una huelga de hambre, exigiendo al Estado chileno que no les aplique la ley antiterrorista; este mes nos aprestamos a conmemorar un par de aniversarios muy significativos en nuestra historia patria: los 200 años desde el primer intento de fundación de la República, y los 40 años desde que el pueblo instalara al mejor de los suyos en La Moneda.
¡Vaya aniversarios! El primero dio inicio a un proceso que culminó con la derrota del Imperio español en 1818, tras lo cual la oligarquía criolla se hizo con el Estado por 152 años.
El segundo marcaría el término de esos 152 años, como culminación de un proceso de democratización de la sociedad chilena que acabaría sacando del gobierno a la oligarquía, que había sabido cambiar de máscara de vez en cuando para apaciguar los ánimos de los desposeídos. Fue sin embargo un breve paréntesis, sólo mil días de sueños y realizaciones, de aspiraciones cumplidas y otras muchas frustradas. Sólo mil días bastaron para demostrar que es posible construir una sociedad más justa, más participativa, más llena de esperanza. También para demostrar que las oligarquías locales y transnacionales no están dispuestas a aceptar de buenas a primera que se les prive de los privilegios de los que han gozado desde la creación de nuestros pequeños estados nacionales latinoamericanos.
Estos 40 años sorprenden a la izquierda fragmentada, con un exceso de propuestas y apuestas que a la larga son lo mismo que ausencia de propuestas: si no somos capaces de alcanzar consensos mínimos, de recorrer juntos los caminos que conducen a una sociedad mejor, simplemente tendremos que seguir viendo cómo los dueños del país administran el derecho a gobernarlo (o gerenciarlo), entre aquellos actores políticos que les den garantías de que una experiencia como la de la UP no se va a repetir.
Este año 2010 nos sorprende también enfrentados a una crisis bélica como no se veía hace muchos años, con el riesgo cierto de una guerra nuclear; enfrentados a una crisis financiera que ha golpeado fuertemente al sistema de acumulación; enfrentados a una crisis energética, marcada por el peak del petróleo, que amenaza con derribar cualquier reactivación económica basada en el aumento de la producción de bienes; enfrentados a una crisis ecológica que ha puesto de manifiesto que vivimos en un planeta finito, de recursos limitados. Con todo lo urgente que es cambiar el mundo, nos encontramos con un país que va en sentido contrario al resto del continente, con una izquierda que desconfía de su compañero casi más que de su adversario, con una sociedad fragmentada e individualista en su lucha por la supervivencia. Tenemos que ser capaces de bajarnos unos minutos de la máquina de producir y consumir, que nos consume en un ciclo sin fin, hay que parar un rato el mundo, bajarnos y mirarlo, pensarlo, cambiarlo...
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